14 de agosto de 2014

De Robin Williams y otros asuntos


Una vez me contaron un chiste: un hombre va al médico y le dice que está deprimido, que la vida es dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazado. El médico le dice que el tratamiento es muy sencillo: 'El Gran Payaso Pagliacci está en la ciudad; vaya a verle, eso le animará.' El hombre rompe a llorar: 'Pero, doctor,' le dice, 'yo soy Pagliacci'. Es un buen chiste. Todo el mundo se ríe. Se oye un redoble... Y baja el telón.”

En el momento de terminar este documento, sólo han pasado cuatro días desde que se notificara el suicidio de Robin Williams. En un principio, no tenía intención de tratar el tema, dado que me parecía (y todavía me parece) caer en el morbo o en el oportunismo. Además, sumado a las líneas que ya le dediqué a Eli Wallach, podría sentar un precedente que no deseo para este espacio. Sin embargo, no he podido evitar reflexionar sobre este deceso y lo consideraría una pérdida de tiempo y de espacio mental si no los compartiera con ustedes.

1951-2014

Mucho se ha hablado, hasta convertirlo en tópico, de la tragedia del comediante: ya saben, la sonrisa como máscara, el llanto oculto tras ella, etcétera, etcétera. Pocas veces ha quedado tan bien retratado como en el párrafo reproducido arriba, procedente de esa obra maestra que es Watchmen. Siempre he querido ver estos sujetos como filántropos abnegados, dedicados a salvarnos de la horrible realidad a golpe de carcajada; la misma que a ellos les hace sufrir. Lamentablemente, tan loable proceder acaba pasándoles factura, pues crea un muro insalvable en torno a este dolor interno que les obliga a lidiar en solitario contra él.

En la mirada de Williams, preservada para la eternidad gracias al Séptimo Arte, siempre ha habido y siempre habrá algo de melancolía, sumada a cierta resignación. Quizás por eso era tan válido para la comedia como para el drama, saltando de una a otra dentro de un mismo largometraje. Desde luego, no es de extrañar que siempre se le considerara para antagonista de Batman en muchas ocasiones: hubiera clavado la excentricidad y el trauma que suele caracterizar a los enemigos de este súper héroes. Es la mirada de un niño inocente y herido, tal vez incomprendido, atrapado en un cuerpo adulto. Ignoro por completo si esta percepción mía se ajustaba a la realidad de su persona pero, de todas maneras, es el rol que más ocasiones le tocó interpretar y el que mejor desempeñaba. Así lo demuestra en Hook: El Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1992), en Jumanji (Joe Johnston, 1996), en El Hombre Bicentenario (Chris Colombus, 2000) o en Jack (Francis Ford Coppola, 1996). (Todos los cuales, sobretodo el primero, merecerían un comentario más extenso.)

Carne de futura reseña.

Con el párrafo anterior vengo a afirmar, realmente, que nunca fue un buen actor: carecía de la capacidad mimética de los auténticos maestros de su profesión. Era incapaz de volverse invisible, de que sólo viéramos a su personaje en pantalla en vez de a él mismo. Entre las escasas excepciones se encuentran Aladdin y el divertido musical Popeye (Robert Atlman, 1980). El primer caso tiene bastante que ver con que fuera un dibujo animado (además, un servidor está más familiarizado el doblaje español de Josema Yuste). El segundo cuenta con un maquillaje impagable y con la iconicidad del caricaturesco héroe de cómic en el que se basa. También hay un tercero, que sacaremos a colación más abajo.

En todas las demás películas en las que participó, Robin Williams es Robin Williams, sin ningún disimulo. Al menos, en las que he visto; a fin de cuentas, sólo he catado una fracción ínfima de su filmografía. De todas maneras, no es que sea algo malo: era un hombre tremendamente carismático y lo transmitía en pantalla. Siempre conseguía, y seguirá consiguiendo, que simpaticemos con él, tanto en los momentos de risa como en los de pena. ¿Por qué se creen que los niños de aquella época disfrutábamos tanto con una mierda del calibre de Flubber & El Profesor Chiflado? Puedo asegurar que no por el moquete verde. Y todo a pesar de sus esfuerzos irritantes por ser gracioso a la fuerza, tan bien representados en la infame Patch Adams... Filme que, además, arruina por completo la historia real en la que se basa.

A muchos les podrá parecer sacrílego hablar de su carrera sin mencionar El Club de los Poetas Muertos, de 1989. No obstante, personalmente, me parece un tanto sobredimensionada: especialmente todo lo referente a la participación de Williams, que siendo buena tampoco era para tanto. Quizás sea culpa mía; a lo mejor es que soy incapaz de percibir lo que sí percibo en otras películas del mismo director, como la maravillosa El Show de Truman (Peter Weird, 1998). En cambio, sí que alabo, y en grado sumo, su gran papel en El Indomable Will Hunting (1998). Curiosamente es la única vez en la que no le he visto como niño, aunque sí reflejando de nuevo, y más claramente que nunca, un acusado sufrimiento interno.

Un cartel algo soso, pero bueno.

El guión está plagado de diálogos formidables, incluyendo muchos de los que le toca declamar a Williams. El mismo que está firmado por Matt Damon y Ben Affleck. Los tres acabaron llevándose el Premio Óscar para casa gracias a esta producción: el primero por su labor actoral y los otros dos por el susodicho libreto. Se cuenta que, siendo como es amigo personal de ambos, Kevin Smith, el cineasta con cuyas producciones más tristemente me identifico, metió mano en él. Probablemente sea un rumor infundado, pero a puntito estuvo de dirigirla. El honor acabó recayendo en Gus Van Sant, artífice de la recomendable Mi Nombre es Harvey Milk (2009) o la infravalorada y prácticamente desconocida Descubriendo a Forrester (2001).

Siendo frívolos (y ser frívolo es algo que se me da deleznablemente bien), lo peor de este deceso ha sido coincidir en el tiempo con el de Lauren Bacall, eclipsándolo. La diva es mil veces más merecidamente destacada en la historia del cine; también más atractiva, en muchas acepciones. Sin embargo, pertenezco a una generación que valorará más el legado del respetable histrión. Yo mismo tengo más recuerdos asociados a Williams que a ella, aunque ahora mismo no deje de recordar un par de adaptaciones del Hércules Poirot de Agatha Christie en las que participó... Asesinato en el Orient Express (1974) y Cita con la Muerte (1988): intrigas con Sidney Lumet, Albert Finney, Peter Ustinov, Sean Connery, Anthony Perkins, Carrie Fisher y la propia Bacall, entre muchos otros nombres dignos de fetichismo cinéfilo. ¿Quién se las perdería?

La señora de Humphrey Bogart rezumando chulería.

Esto, a parte de recordarme que debo ver más cine (tanto clásico como en general), me lleva a pensar en lo condicionados que estamos por el tiempo (y las circunstancias) que nos toca vivir: por más abiertos que intentemos ser de mente o de espíritu, ni nuestros gustos ni la misma definición de nuestras personas son capaces de escapar del todo a este determinismo, de elevarnos a miras más amplias. En suma, de trascender (en cierto sentido) el tiempo y el espacio. Debemos asumir que todo lo que ahora nos gusta o nos apasiona se verá afectado por el paso de la Historia y de las modas, tanto para bien como para mal.

Y dejen de una puñetera vez las bromas con el cantante Robbie Williams. Ya pasó a estar trilladísima a los diez minutos de diñarla su tocayo.

26 de julio de 2014

De por qué Will Smith tendría que haber sido el Capitán América.

A algunos desconocedores del tema podrá sorprenderles que un rojillo como yo se interese por las aventuras del Capitán América, o que disfrute con ellas. Sin embargo, lo cierto es que tiene un porrón de elementos que me encantan, a saber:

- Un protagonista que, a fuerza de haberlo pasado putas, tiene cierto halo trágico que lo hace interesante, simpático y accesible... A pesar de la aparente perfección física y moral que le definen o de ese patriotismo a ultranza que un servidor, al menos, no comparte.

- Tramas de espionaje y/o aventuras ambientadas en la Guerra Fría y/o en la Segunda Guerra Mundial, lo que nos lleva al siguiente apartado. 

¡Zas, en toda la boca!

- Antagonistas nazis de diseño grotesco (el Barón Zemo, el Cráneo Rojo, Arnim Zola, el mismísimo Adolf Hitler y un largo etcétera)... como los del famoso Hellboy. De hecho, el estilo de Mike Mignola es bastante deudor del de Jack Kirby, y el homenaje es más que evidente.

- Crítica al sistema social / político / económico estadounidense. Sí, han leído bien. Para verlo, nada más que hay que pillarse los tebeos que coincidieron en fecha con el Escándalo Watergate.

Richard Nixon, súper criminal de la Marvel.

A parte, también está el hecho de que me encantan Stan Lee, Roy Thomas, Gerry Conway, el mencionado Kirby y demás autores de la Marvel clásica... Pero me gustaría explayarme sobre el último punto de la lista; y es que la editorial Marvel siempre ha sido considerada muy 'progresista'. Recalco el término, ya que en mi pueblo significa 'de derechas, pero con mala conciencia'; que es el grado máximo de izquierdismo, con excepciones, al que puede llegar un yanqui medio.

La auto-proclamada Casa de las Ideas demostró y todavía demuestra a menudo esta postura: a fin de cuentas, algunos de sus iconos son constantemente perseguidos por las autoridades (a veces no sin cierta razón) y difamados por la prensa. No por ello dejan de ser menos heroicos; todo lo contrario: hacer lo correcto tiene todavía más mérito cuando sabes que no te van a recompensar por ello... Y les añade un toque de rebeldía de lo más molón. Es lo que ocurre con Spider-Man, con Hulk o con los X-Men. Que, por cierto, ¿dónde quedaron esas traducciones: El Hombre Araña, La Masa, La Patrulla-X?

El Barón Zemo y el Cráneo Rojo, por Mike Mignola.

Creer que Steve Rogers y su alter ego escapan a esa tendencia es un error... A pesar de esas pintas que lleva pero que, realmente y en todo caso, sólo le hacen culpable de un terrible mal gusto. Repito: es un error, y más cuando muchos autores le han aprovechado para exponer sus inquietudes ideológicas. Así hemos disfrutado de viñetas que demuestran un claro rechazo a la Guerra de Vietnam, a las bombas atómicas de Nagasaki y de Hiroshima o a la prisión de Guantánamo, por sólo citar algunos ejemplos; incluso a la masacre de los indígenas americanos, viaje en el tiempo mediante. En una ocasión, hasta presentaron al súper nazi Cráneo Rojo como Senador de los Estados Unidos; sutiles que son...

Pero, a pesar de ello, siempre se le ha tenido por reaccionario. En honor a la verdad, esta fama llegó a ser certera en algunos momentos de los años cuarenta o cincuenta... Pero el hecho de que esta época fuera borrada de continuidad, argucia argumental mediante, lo dice todo. A la guisa de Harry el Sucio en su segundo largometraje, el abanderado, en no pocas ocasiones, ha combatido contra versiones extremas de sí mismo: exactos a como le acusaban ser a él desde el mundo real. La intolerancia, la prepotencia, el racismo, la defensa del totalitarismo, la justificación de la violencia o de posibles víctimas colaterales...: ninguno son atributos suyos, si no propios de sus enemigos; ya esgriman la cruz gamada o las barras y estrellas que también adornan su figura.

El Capi contra su imitador de los 50.

No hace demasiado que se rumoreó el nombre del estelar Will Smith para interpretarle en la gran pantalla. Esto hubiera supuesto un cambio de aspecto bastante significativo con respecto al original, rubiales y de ojos claros. A parte de aprovecharse del innegable carisma de este actor, hubiera servido para alejarse de la reputación aludida arriba. Y por supuesto, ya de paso, para encolerizar a los más conservadores y rancios. Y, ¿por qué no? ¿Por qué no un Capitán América negro? ¿No resulta un poco irónico que alguien que lucha tanto contra el nazismo, y contra toda clase de grupos xenófobos, encarne el ideal de perfección física de sus adversarios? El propio Joe Simon, su co-creador de los cuarenta, apoyaba la idea. Claro que, si nos paramos a pensarlo, un nativo americano sería más apropiado todavía. (Ay, Neil Gaiman, tuviste la oportunidad en Marvel: 1602 y la dejaste escapar.)

Originariamente, esta idea se iba a plasmar en el llamado Universo Ultimate del año 2000; antes de que la Presidencia de Obama potenciara esta clase de transmutaciones. No cuajó y se acabó trasladando al gran personaje de Nick Furia, adquiriendo así los rasgos de Samuel L. Jackson antes de que éste le diera vida en la gran pantalla. Por lo visto, el actor es fan y quedó encantado. Para hacerse una idea de como es el original basta con recordar la versión de David Hasselhoff en Objetivo: Manhattan (1991).

Creo que éste no es Samuel...

En 2003 se publica La Verdad. Los autores son Robert Morales y Kyle Baker, que en otras obras suyas ya han explorado la discriminación que seguramente han vivido en carnes propias. Sobre este último ya hemos charlado aquí, por ser el artífice de Por Qué Odio Saturno y de otros títulos muy recomendables. En éste en concreto, los dos dejan de lado la imagen idílica que se le suele dar a la Segunda Guerra; como si aquello hubiera sido un conflicto épico entre el Bien y el Mal absolutos. Imagen de la que mucho se ha aprovechado el propio Capi, dicho sea de paso. Que nadie me malinterprete: no somos el Vaticano para negar el horror del Holocausto. Me refiero a las actitudes ostensiblemente deplorables que hubo dentro del propio bando de los Aliados. Eso incluye el racismo dentro de las tropas norteamericanas: los soldados negros no se mezclaban con los blancos, si no que luchaban dentro de sus propias unidades; éstas, a su vez, eran usadas fácilmente como carne de cañón, destinadas a las primeras filas. Al mismo tiempo, en Tuskeegee, se probaban medicamentos experimentales contra la sífilis en ciudadanos de color, a los que se dispensó un trato inhumano. Diantres, si hasta se dice que Hitler admiraba las leyes de inmigración de Estados Unidos.

Si buscan otra novela gráfica que también desmitifica bastante el susodicho conflicto bélico, les recomiendo Los Surcos del Azar, del formidable artista y compatriota Paco Roca. Lo enlaza certeramente con nuestra Guerra Civil, revelando vínculos muy interesantes y muy poco comentados entre ambas. Pero ya la abordaremos en otra ocasión.

Portada de la edición española de La Verdad.

Volviendo a la que nos ocupa: la premisa es que el Suero Súper Soldado que dio poderes a nuestro héroe fue probado antes en un grupo de afroamericanos involuntarios y desinformados, como en el Experimento Tuskeegee. Tal y como en dicha historia real, muchos murieron o sufrieron malformaciones. Durante la lectura podemos no sólo ver, si no sentir, como vidas humanas enteras son arruinadas. Sólo uno, entre tantos, desarrollará los efectos deseados, convirtiéndose así en el Capitán América; aunque el suyo tampoco será un camino de rosas. Me hubiera quitado el sombrero si su nombre real hubiera sido Steve Rogers y si hubiera sido éste el argumento adaptado en el cine... Baker y Morales prefirieron respetar el mito, de tal manera que el enmascarado que aquí nos presentan es un predecesor del que conocemos. De hecho, nuestro Steve llega a aparecer en un momento dado, demostrando el buen personaje que es. Esta opción, por lo menos, permite incluir la narración en el canon marvelita, y no relegarla a una realidad alternativa ni demás zarandajas.

Al final, fue un rubito
Chris Evans quien tomó el papel en la franquicia fílmica de los Vengadores. El chavalote se desenvolvió estupendamente, resultando creíble en todo momento y clavando la altura moral del héroe... Con gran sorpresa por mi parte, añado, ya que previamente sólo le había visto haciendo de niñatillo (tanto en Los 4 Fantásticos y su secuela como en Scott Pilgrim contra el Mundo, por ejemplo). El primer film con él estuvo dirigido por Joe Johnston, que parece especializado en este tipo de relatos y ambientaciones...
Todavía me acuerdo de su Rocketeer (1991). El cineasta supo hacer simpático a su protagonista contra todo pronóstico, a pesar de los prejuicios. Sólo tuvo que situarlo en el contexto apropiado y parodiar un poco la labor propagandística que muchos creen que tuvo en aquellos tiempos. Lo cierto es que su primera aparición, con esa (ahora) famosa portada partiéndole en los morros al mismísimo Führer, es anterior a la participación yanqui en la guerra... Lo que suscitó cierta polémica en aquel entonces. Se nota que sus creadores eran judíos.

Evans dando la talla.

En historietas recientes (que no he leído), volvemos a tener un Capitán afroamericano. Ha sido Sam Falcon Wilson (quien, por cierto, también apareció recientemente en los cines) quien ha tomado el nombre de guerra, el disfraz y el relevo de su viejo socio y colega. Siendo sinceros, éste ha sido el motivo que me ha impulsado a escribir estas líneas. Pero a pesar de ello, y a pesar de lo muchísimo que disfruto con las pelis de los Vengadores tal y como están, las del Capi incluidas... Sigo soñando con un Steve Rogers negro. Digo Steve Rogers, no ningún sosias ni ningún reemplazo, sustituto ni sucesor. Un Steve todavía más trágico y con todo en su contra, en una versión de la Segunda Guerra Mundial (y del mundo, en general) más crítica, descarnada y fidedigna a la cruel realidad. Un Steve, por todo lo anterior, todavía más heroico.

P.D.: Algún día, tendremos que tratar de la peli que hicieron del Capi en los 90... ¡Gloria bendita, oigan!

5 de julio de 2014

Dedicado a Eli Wallach.

Estos últimos días he estado lejos de mi ciudad y de mi portátil; razón de que no haya escrito hasta ahora sobre el reciente fallecimiento de Eli Wallach. Fue una de esas celebridades que parecían que nos iban a acompañar eternamente, que iban a estar siempre aquí (como diremos en un futuro -esperemos que lejano- de Stan Lee, de su tocayo Christopher o de Kirk Douglas). No es para menos, ya que el actor tenía nada menos que noventa y ocho años: una edad muy respetable... y muy envidiable.


El Señor Wallach.

Citar El Bueno, El Feo & El Malo (1968) a la hora de hablar de él es un tópico en sí mismo y le hace un flaco favor a su interesante y larga trayectoria, donde demostró una gran fotogenia acompañada de una capacidad actoral camaleónica y fuera de toda duda. Sin embargo no sólo es su film más destacado si no, también, uno de los más ligados a mi experiencia personal: me fue regalada por un grupete de colegas, hace como mil vidas ya. Digo “colegas” pero no “míos” porque, ciertamente y a excepción de uno, no lo eran: es una anécdota que no me atrevo a contar en estas líneas, pero que empezó con un rápido flechazo gracias a mi buen gusto en camisetas y terminó con un cumpleaños conjunto bastante decepcionante (por lo que a mí respecta) pero en el que, al menos, me llevé este regalazo tan espléndido.

La mencionada excepción en aquella pandilla era y es un grandísimo amigo, socio de negocios y tertuliano: fue quien escogió la película, demostrando con ello un gusto tan espléndido como el que él me atribuía a mí con esa misma elección. Desgraciadamente, muy desgraciadamente, estaba equivocado: en aquella época y con aquella edad las pelis del oeste no me atraían para nada, más bien todo lo contrario; ni siquiera los spaghetti-western como aquel. Lo prueba el fingimiento y la incomodidad con la que recibí el presente, así como el más de medio año que tardé en hacer uso del mismo. Eso me recuerda como, recientemente en términos relativos, estaba hablando de la cinematografía de Sergio Leone con una antigua compañera de clase y descubrí en ella la misma reticencia contra el género que me caracterizó a mí en el pasado: fue un poco como viajar atrás en el tiempo para reencontrarme con mi yo del pasado. En su caso, su opinión estaba más fundamentada y basada en la experiencia que la mía de entonces, respondiendo además a una visión más madura, más adulta; sin embargo, sigue pareciéndome igual de prejuzgada e igual de basada en una generalización injusta y ciega. Debí haberle explicado a grandes rasgos algunas de las premisas que manejó el cineasta romano y pedirle que las aplicara a otros marcos narrativos donde puedan aflorar aventureros nómadas, solitarios y algo despiadados, como los entresijos mafiosos del género negro o esos mundos de espada y brujería que a ella tanto le gustan. En el caso que nos ocupa: tres tipos extremadamente peligrosos, con una historia común y que se odian a muerte; cada uno de ellos en posesión de un fragmento de información inútil por sí mismo pero que, en conjunción con los demás, podría llevar a un formidable tesoro escondido... Podría haber funcionado perfectamente en los escenarios de Dragones & Mazmorras (Dragonlance, Reinos Olvidados...), en la Era Hiboria de Conan el Bárbaro o similares. No obstante, la ambientación en esta Norteamérica salvaje resulta la más apropiada: tan sucia, desértica y polvorienta (y tan relativamente barata de representar) ilustra por sí sola la ruindad y la hostilidad de este mundo cruel, así como la madera de quienes lo recorren. Una Norteamérica simulada ya que, dicho sea de paso, se rodó en Almería.

Cartel de la película.

Volviendo a mi anecdotario y dejando de lado a mi sorpresiva alter ego femenina: cuando por fin me decidí a verla me encontré con que eran las dos o las tres de la madrugada y estaba tumbado en la cama con un auténtico bellezón... Hablo, por supuesto, de mi reproductor de DVD portátil, al que quiero más que a algunas personas que conozco. En aquel entonces el comienzo me resultó algo pesado, pero no tardé en engancharme a la historia en cuanto empecé a conocer a sus personajes. Lamentablemente, es muy difícil ver un film tan largo a esas horas y, mucho menos, estando tumbado: a mitad del metraje tuve que empezar a luchar contra el sueño y, al final, acabó ganando la biología. Sin embargo, lo primero que hice al despertarme fue continuar donde la terminé.

Lo chulesco de los protagonistas, con sus frases lapidarias, así como el gran manejo de la tensión, la magistral elección de planos y la composición de los mismos, la pátina de épica que aporta (o realza) la inolvidable banda sonora de Ennio Morricone...: todo brilla en esta obra maestra, cargada de momentos y diálogos inolvidables. Prefiero no revelar nada más sobre la trama, aunque esta sea bastante conocida incluso por quienes no la han visto, tal vez gracias en parte a parodias, homenajes y guiños. Sólo quisiera señalar su elegante pero contundente alegato anti-belicista, aprovechando que se ambienta en la Guerra Civil estadounidense. El horror del conflicto armado es capaz de asquear incluso a criminales consumados como nuestros antihéroes: sólo Setencia, el 'Malo', se aprovecha y vive a su costa. 

El 'Malo', haciendo honor a su rol.

Según el título, Clint Eastwood encarna al 'Bueno', que solamente lo es de nombre porque realmente muy benigno no es, precisamente. Lo cierto es que no hace más que repetir ese Hombre Sin Nombre al que ya diera vida en las dos anteriores de Leone; no en vano, junto con ésta, se las considera la Trilogía del Dólar, aunque se puedan ver de manera independiente. (A propósito: Eastwood ha resultado ser, como todo el mundo sabe a estas alturas, todavía mejor director que actor; y en su cine, a veces, se nota la influencia del romano.) En cambio, el rol de Lee Van Cleef no podía ser más distinto al que desempeñara en el anterior capítulo del tríptico... Pero, a pesar de ello, y como no podía ser menos, con sus gestos, maneras y miradas la clava como Sentencia: incluso cuando los otros dos son pistoleros hábiles, bandidos implacables y capaces de acciones muy reprobables, éste les supera con creces en impiedad y resulta tanto aterrador como funesto en la comparación. 

Eastwood y Van Cleef están inmensos; especialmente el último, que parece haber nacido para el papel. Pero quien realmente sobresale no podía ser otro que el 'Feo': tremendamente cómico, incluso ocasionalmente patético, sin perder por ello la dignidad ni menoscabando su evidente peligrosidad; despreciable, mentiroso y guarro, pero de algún modo también entrañable y rebosante de carisma. Incluso cierto matiz trágico: esa escena que comparte con su hermano, dándole más relieve, más humanidad. Dicen que Leone quedó engatusado con él durante el rodaje, dándole más cancha y convirtiéndolo en el auténtico protagonista cuando, originalmente, iba a ser un secundario al lado del estelar Clint. Después de ver las entregas previas de la pseudo-trilogía, uno se da cuenta de que, precisamente, eran Wallach y su Tuco lo que faltaba, lo que se echa de menos, en las otras (especialmente en La Muerte tenía un Precio (1966), que sin dejar de ser bastante buena es la más endeble del conjunto). He oído por ahí que Gian Maria Volonte, tras aparecen en las otras dos, iba a repetir en ésta dando vida a Tuco pero que, por un motivo u otro, no pudo ser. Cosa del destino, supongo: hoy en día, es inimaginable que las cosas hubieran acabo saliendo de otra manera.

Don Altobello y Connie Corleone: tanta maldad en una sola estancia...

Algún tiempo después de aquella sesión en dos partes, volví a revisar El Padrino: Parte III (1991); cinta que, sin ser tan magnífica como sus predecesoras, sigue estando por encima de la media por más que la crítica se empeñe en atentar contra ella. Y me sorprendí enormemente y de manera grata cuando descubrí en ella al intérprete que nos atañe hoy: siempre había estado delante de mí y yo no me había dado cuenta, con ese abuelete hampón tan dulce, tan adorable, tan mortífero y bastardo.

Los gustos son siempre subjetivos, pero El Bueno, El Feo & El Malo se merece en todos los casos, como mínimo, una oportunidad. No queda más que decir, salvo que aquí yace Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez: ladrón, asesino, tramposo, polígamo, blasfemo, pistolero, mal hermano, peor hijo, enemigo de sus enemigos, héroe ocasional a su pesar e inmejorable personaje de ficción. Vivirás eternamente en nuestros corazones y en nuestras filmotecas.

24 de junio de 2014

Cine + Teatro: 'La Gata sobre el Tejado de Zinc (Caliente)'.

Leer La Gata sobre el Tejado de Zinc me ha supuesto el equivalente emocional de arrancarme un grano de los gordos delante del espejo: los sentimientos entremezclados de vulnerabilidad, dolor, alivio y placer se han dado en una proporción y en una sucesión muy similares aunque, como cabría esperar, a niveles muy distintos. Y es un símil muy apropiado ya que, en cierta manera, eso es lo que hacen los personajes que vamos a comentar: sacarse la ponzoña de dentro del modo más violento, auto-dañino, expresivo y satisfactorio.

Siempre he defendido que las piezas teatrales se disfrutan más viéndolas representadas que leyéndolas; a fin de cuentas, tal es su objetivo. O, al menos, lo es en la mayoría de los casos: de todo habrá y de todo hay en los valles del Señor... Del Señor Joe Pesci, se sobreentiende: tomando el ejemplo de George Carlin, es la única entidad a la que le rezo. Pero, volviendo al tema: la cuestión es que, a pesar no haber tenido el placer de verla escenificada en vivo, sí que he gozado en alguna que otra ocasión con la adaptación fílmica protagonizada por Paul Newman y Elizabeth Taylor (y estrenada en España entre 1959 y 1960, para más señas), bastante célebre de una manera muy merecida. Me esperaba ciertas divergencias pero, aun así, mi sorpresa ha sobrepasado con creces todas mis expectativas.

La carátula del DVD.

Amables lectores sin consanguinidad conmigo, si es que existís: si alguno de Ustedes adquiriese el librito de marras, vería que en la portada aparece el nombre de Tennesse Williams. Sin embargo, sería más justo aclarar que fue un trabajo en conjunto, ya que las distintas versiones que existen del texto son diferentes combinaciones sobre el manuscrito primigenio de este autor de las ideas y sugerencias de Elia Kazan. Siendo sincero, este reconocimiento me duele en el alma ya que, en la redacción de estas líneas, he descubierto que fue un delator durante la Caza de Bruja maccarthista. A uno le entran ganas de volver a ver Buenas Noches & Buena Suerte, esa peliculilla de 2006 con la que George Clooney demostró ser todavía mejor director que actor y que viene a colación del tema. Pero bueno, perdono a Kazan por llevar a la gran pantalla Un Tranvía llamado Deseo, también basada en una obra de Williams. Además, no creo que le afectara mi ira en lo más mínimo, y mucho menos donde está ahora mismo.

Espero que sepan disculparme si divago en demasía, pero escribir sobre Williams, o sobre Kazan, invita a tratar muchos otros temas. El más apetecible, claro está, es el del buen cine; y más ahora que hemos sacado a colación esa otra maravilla del Hollywood de los cincuenta, con Marlon Brando y Vivien Leigh más guapos y espléndidos que nunca. Sin embargo, ése me lo reservo para otra ocasión; centrémonos en ésta en La Gata.

El Señor Williams.

El personaje al que alude el título es Margaret, o Maggie, una hermosísima y atractiva mujer casada con un adinerado ex-deportista en declive físico, entregado a la bebida; ambos se encuentran inmersos en una gravísima crisis matrimonial, con su correspondiente sequía sexual. Para más inri, están en el cumpleaños y en la casa de su suegro, el de Maggie: un hogar lleno a rebosar de hipocresía, de insinceridad y de una falta de amor dolorosa. El abuelete en cuestión es un ricachón temperamental, orgulloso, autoritario y mujeriego, que no oculta el desprecio lacerante que siente por casi todos los miembros de su familia y que se está muriendo de cáncer sin saberlo. En definitiva: el caldo de cultivo propicio para que el cúmulo de mentiras y sentimientos reprimidos acabe por explotar y salpicar a todos como una burbuja de aceite hirviendo.

De todas las variaciones que existen de La Gata, la que un servidor ha tenido oportunidad de disfrutar es la definitiva en palabras del propio Williams. A pesar de ello, encuentro que el largometraje es bastante superior: tanto la trama como los diálogos que la componen están desarrolladas de manera más fluida y ordenada: diálogos magistrales, espléndidos, sobre la vida y la muerte, sobre el amor y su ausencia, sobre el odio, sobre la descendencia y el legado, sobre el deseo. Opta por colocar cada parlamento en su lugar apropiado, tanto en el tiempo como en el espacio; y es que, mientras que en el original todo sucede en la misma habitación a un tiempo real, la cinta de Richard Brooks se permite explorar el caserón al hacer que sus personajillos lo recorran. Especialmente memorable me parece esa conversación en el sótano, de la que no revelaré detalles. Esta puesta en escena tan divergente elimina cierta tensión claustrofóbica, pero se obtiene a cambio una mayor expresividad escénica, así como la posibilidad de ilustrar acontecimientos que antes sólo eran sugeridos. El producto cinematográfico también gana en Gooper, el otro hijo del moribundo, que adquiere una tridimensionalidad inédita en el papel.

Cartel.

Sin embargo, la clave de esta historia reside en su emotividad, y ésta es mucho más sincera e intensa en el original. Las expresiones malsonantes y las alusiones al sexo, incluyendo la posible homosexualidad de Brick o de su antaño mejor amigo, el constantemente mencionado Skipper, son mucho más explícitas: a eso se suma el hecho de que Maggie y este último realmente follaron, o lo intentaron, sin recovecos. El filme más elegante en sus maneras, pero queda demasiado descafeinado en la comparación: sólo evita la derrota gracias a la buena dirección de Richard Brooks y a ese reparto tan difícil de superar. Uno se estremece sólo de pensar en lo que habría supuesto un acercamiento más fidedigno a la visión de Williams por parte de este mismo elenco. Lo cierto es que da pie a reflexionar sobre lo avanzado del teatro en tanto que el séptimo arte de la misma época todavía seguía constreñido por la censura. O sobre las necesidades a la hora de adaptar de un medio a otro.

Con todo esto no pretendo desmitificar al que es, en justicia, una de las películas más citadas; por el contrario, desde estas líneas, quisiera recomendárselo a todos los que hayan tenido la paciencia suficiente para seguirme hasta aquí. Pero quisiera que lo abordaran siendo conscientes de los aspectos aquí anotados. La belleza de La Gata sobre el Tejado de Zinc, en todas sus formas, es la belleza de la emoción humana, algo a lo que resulta permeable incluso el alma más cínica; y si bien la producción no termina de recoger el impacto ni la fuerza que debiera, filtra bastante para justificar sobradamente su posición en la Historia del cine. Únicamente deseaba trasladar mis elogios a una lectura que ha conseguido conquistarme de pleno, aun teniendo semejante homónimo con el que medirse.

20 de junio de 2014

Cine: 'La Dama Boba'.


La Dama Boba (Manuel Iborra, 2006) es uno de los tantísimos descubrimientos que le debo a la Biblioteca Pública de mi localidad. Aunque es bastante reciente, se basa en un texto escrito por Don Lope de Vega (1562-1635) en el año 1613 de nuestro Señor, algo que es de suma importancia a la hora de valorarla y, todavía más, de disfrutarla.


El filme comienza en casa de una tal Señora Octavia, que vive en compañía de sus dos hijas. La primera de ellas, Nise, que despierta vivas pasiones entre el sexo masculino, es una señorita culta e inteligente, que incluso llega a ser calificada de pedante por su progenitora y a la que veremos habitualmente con libros entre las manos. Por contra, su hermana Finea es su reflejo contrario, siendo la muchacha en exceso inocentona, estúpida, testaruda y analfabeta a la que alude el título.

Entre los pretendientes de ambas, Laurencio y Liseo, se establece otro juego de espejos similar al que las define a ellas. El uno es bastante viril y tremendamente atractivo en su sinvergüencería, en tanto que el refinamiento del otro alcanza un estatus de amaneramiento ridículo. Esta contraposición se hace notar en los duelos, donde el último resulta un auténtico inútil; Octavia misma llega a mostrar más dignidad con la espada en mano. Laurencio, pobretón y perseguido, comienza a cortejar a Nise, pero decide trocar el objetivo de sus atenciones románticas por Finea con motivo de la mayor dote que recibiría de ella. Liseo realiza el camino inverso: entra en casa de Octavia como prometido oficial de la boba, pero ésta le repele con sus boberías al tiempo que empieza a sentirse embelesado por la otra, que casa mejor con sus finuras y gustos.

El primer encuentro entre los dos deriva en conflicto al creerse enfrentados por una causa y una mujer en común. El malentendido se resuelve cuando descubren sus verdaderas intenciones, pasando de ser fieros enemigos a compartir risas y confabulaciones. Sin embargo, esta alianza es débil, dada la naturaleza voluble, mezquina y traicionera que comparten. Además, deberán afrontar un doble escollo en Nise y Octavia. La última sólo quiere salvaguardar el honor de su familia y la palabra dada; la primera todavía sigue perdidamente enamorada de Laurencio, por lo que no dudará en exigirle a Finea que lo abandone, así como en desdeñar los ofrecimientos de Liseo. Los torpísimos intentos de la boba por desenamorarse de quien por fin había conseguido seducirla sólo empeoran la situación y provocan renovadas iras en su hermana y en su madre.

Póster de la película.

El amorío entre Finea y Laurencio tiene su reflejo caricaturesco en el que viven a la vez sus respectivos criados, una Clara tan tonta como su ama y un Pedro todavía más pobretón y hambriento que su señor, con el que comparte su carácter interesado. “Amé porque tú amabas y olvidaré porque tú olvidas”, llega a expresar la lacaya. Este uso por parte de los sirvientes era muy habitual en las comedias de Lope; sin embargo, en este caso en concreto, al ser los romances de los señores ya de por sí bastante exagerados, tampoco tiene la importancia de otras obras suyas.

En los anteriores párrafos se han descrito algunos ejemplos del dualismo que se repite constantemente en el largometraje. Dualismos donde se juega a menudo con los opuestos y que giran sobre sí mismos, tornando las situaciones en los peores momentos. En otros casos, parece responder a una simple necesidad teatral de dotar de réplica a cada personaje. Así pues, Octavia decide sobre sus hijas en compañía de su amiga Gerarda a la vez que Laurencio y Pedro cuentan con dos aliados en el Poeta Duardo, intelectualmente afín a Nise, y en su amigo Feniso; ambos jugarán un papel sorprendente, aunque anecdótico, en el desenlace. Incluso son dos los instructores que se dejan ver en la cinta: el de letras y el de danzas, en sendos y divertidos cameos de Antonio Resines y Paco León

Lope en 'persona' (es un decir).

El propio Lope era un hombre dual, en tanto que era profundamente religioso y un mujeriego empedernido a un mismo tiempo, hasta el punto de que llegó a ser ordenado sacerdote sin dejar de lado sus escarceos. Llegó a tener esposas, amantes e hijos, tanto legítimos como ilegítimos, en gran cantidad. De hecho, escribió La Dama Boba para una de sus amantes, la actriz Jerónima de Burgos, que dio vida a Nise. Así pues, es más que posible que en el libreto, producido en su momento de mayor madurez creativa, refleje su concepción del amor: un amor ligado indisolublemente a los celos, que son motor fundamental de la trama, con todos sus giros. El amor de Lope también es dual como él mismo: se entiende en términos carnales pero, también, como experiencia espiritual. De hecho, uno de los ejes centrales de la narración es la virtuosa metamorfosis que vive Finea en carnes propias a consecuencia de ello, cual Patito Feo, aunque ella asegure inicialmente ser la misma de siempre.

Este último punto enlaza con otra de las cuestiones a tratar: la determinación por parte de las dos protagonistas a decidir sobre su propio destino, especialmente aguda en la Finea transformada. Por lo menos, en cuanto al apartado amoroso se refiere, aunque de este derive luego todo el porvenir que puedan tener luego. Hubiera sido un acierto, por lo tanto, que Octavia y Gerarda siguieran siendo varones como en el original (Octavio y Miseno), dado que ellos representan una voluntad y un punto de vista tradicionales, paternales y, por tanto, machistas, que son los que las dos hermanas transgreden. Sin embargo, a pesar de ello, ni Octavio/a ni Gerarda/Miseno son autoritarias, si no que ambas llegan a mostrarse comprensivas pese a sus creencias. Esto se deja notar en un desenlace que por no traicionar el espíritu jocoso del resto, resulta un tanto descafeinado.

Hablamos, por tanto, de una obra muy adelantada a su tiempo, que alaba el valor y la inteligencia de las mujeres y su derecho a escoger en el amor en igualdad de condiciones a los hombres. Ya en las aficiones doctas de Nise se intuye un elogio al atractivo de la mujer no en su sumisión al hombre si no, precisamente al contrario, en su equidad con él; algo que habla mucho y muy bien de Lope como amante. Sin embargo, no deja de ser un 'feminismo' muy primitivo, que en absoluto pretendió mutar el débil rol de la mujer en aquella sociedad si no que sirvió, incluso, para confirmarlo. También se encuentra encorsetado por las necesidades y premisas de la historia: a fin de cuentas, no dejan de ser seducidas por dos sujetos de ética reprobable, que las traicionan constantemente y que difícilmente las quieren de manera completa o sincera. En cierto modo, cuando Finea renace, lo hace como reflejo de un Laurencio en quien imita en argucias; de ahí, seguramente, cierta mirada como de reconocimiento por parte del varón en el momento en el que ella decide fingirse nuevamente mentecata.


Coronado y Abascal como Laurencio y Finea.

Ciñéndonos a esta representación moderna, destacan Robertos San Martín y José Coronado, que lo bordan como como los dos galantes. Particularmente este último, de quien no me esperaba (la verdad sea dicha) tanta eficiencia. Ayudan mucho sus pintas a lo Jack Sparrow (el de la saga Piratas del Caribe, sí); y es que otros de los aspectos a elogiar, más allá del trabajo actoral, es la impresionante labor de vestuario y localizaciones. Es digno de comentar que cuando Liseo consigue 'rematar la faena' con Nise imite los ropajes de su rival, sólo que con un tono de luto ante la tragedia amenazada por Octavia si persistía en su empeño.

No sólo los mencionados: en general, las actuaciones están bastante bien trabajadas, más allá de ciertas afectaciones que no hubieran sido inadecuadas en un auténtico escenario teatral pero que restan credibilidad a quienes caen en ellas en este medio. En esa afectación cae ocasionalmente una Macarena Gómez que, por lo demás, resulta idónea como Nise; y es que la cordobesa es capaz de despertar mucho morbo aun sin ser realmente una beldad según los cánones frecuentes. Y siempre es un placer ver a Verónica Forqué, que transmite a la perfección la crispada frustración que siente su Octavia en no pocos momentos. Es su marido quien dirige la producción, dicho sea de paso. Sin embargo, por encima de los demás destaca una espléndida Silvia Abascal, que resulta adorable en extremo como Boba y que va ganando en elegancia y, sobretodo, en belleza conforme transcurre la historia y gana en inteligencia. 

La susodicha Señorita Gómez...


Nunca me ha gustado la expresión 'de época'; siempre hace que me pregunte: “¿de qué época concreta?” Pero creo que todos nos entendemos en su uso. Y resulta muy valiente haberse atrevido (sin la popularidad de un Don Arturo Pérez-Reverte) a un film español de este calificativo. Más todavía respetando el lenguaje del manuscrito en el que se asienta, de una gran belleza en base a su gran musicalidad, pero ciertamente inaccesible: los más duros de mollera (como un servidor, sin ir más lejos) deberán de verla más de una vez para captar muchos de los matices. Duele pensar que estas rimas estaban dirigidas a las clases más bajas: en un pasaje omitido en el metraje, Lope critica la poesía ocultista practicada por otros artistas.

Es evidente que los gustos y el sentido del humor han evolucionado mucho en estos últimos cuatro siglos, y que mucho de lo que en su momento debió de ser hilarante hoy día únicamente nos provoca una sonrisa. Sin embargo, con esa sonrisa basta para gozar con una historia sin pretensiones pero ágil e inteligente; con la belleza de sus parlamentos que elevan el placer sensorial del visionado; con esa recreación tan fantástica y meritoria del Siglo de Oro español. No voy a mentir: la película no pasa de entretenida, pero hay entretenimientos y entretenimientos; puestos a elegir, este es uno más que digno.

(Además, a ver si así aprendéis a ligar como Dios manda, leñe... ¿Dónde quedaron frases tan bonitas como eso de que "el amor, con amor se paga"?)

P.D.: No he incluido más imágenes de las películas por no encontrarlas con la calidad que consideraba adecuada; espero que me sepan disculpar.