5 de julio de 2014

Dedicado a Eli Wallach.

Estos últimos días he estado lejos de mi ciudad y de mi portátil; razón de que no haya escrito hasta ahora sobre el reciente fallecimiento de Eli Wallach. Fue una de esas celebridades que parecían que nos iban a acompañar eternamente, que iban a estar siempre aquí (como diremos en un futuro -esperemos que lejano- de Stan Lee, de su tocayo Christopher o de Kirk Douglas). No es para menos, ya que el actor tenía nada menos que noventa y ocho años: una edad muy respetable... y muy envidiable.


El Señor Wallach.

Citar El Bueno, El Feo & El Malo (1968) a la hora de hablar de él es un tópico en sí mismo y le hace un flaco favor a su interesante y larga trayectoria, donde demostró una gran fotogenia acompañada de una capacidad actoral camaleónica y fuera de toda duda. Sin embargo no sólo es su film más destacado si no, también, uno de los más ligados a mi experiencia personal: me fue regalada por un grupete de colegas, hace como mil vidas ya. Digo “colegas” pero no “míos” porque, ciertamente y a excepción de uno, no lo eran: es una anécdota que no me atrevo a contar en estas líneas, pero que empezó con un rápido flechazo gracias a mi buen gusto en camisetas y terminó con un cumpleaños conjunto bastante decepcionante (por lo que a mí respecta) pero en el que, al menos, me llevé este regalazo tan espléndido.

La mencionada excepción en aquella pandilla era y es un grandísimo amigo, socio de negocios y tertuliano: fue quien escogió la película, demostrando con ello un gusto tan espléndido como el que él me atribuía a mí con esa misma elección. Desgraciadamente, muy desgraciadamente, estaba equivocado: en aquella época y con aquella edad las pelis del oeste no me atraían para nada, más bien todo lo contrario; ni siquiera los spaghetti-western como aquel. Lo prueba el fingimiento y la incomodidad con la que recibí el presente, así como el más de medio año que tardé en hacer uso del mismo. Eso me recuerda como, recientemente en términos relativos, estaba hablando de la cinematografía de Sergio Leone con una antigua compañera de clase y descubrí en ella la misma reticencia contra el género que me caracterizó a mí en el pasado: fue un poco como viajar atrás en el tiempo para reencontrarme con mi yo del pasado. En su caso, su opinión estaba más fundamentada y basada en la experiencia que la mía de entonces, respondiendo además a una visión más madura, más adulta; sin embargo, sigue pareciéndome igual de prejuzgada e igual de basada en una generalización injusta y ciega. Debí haberle explicado a grandes rasgos algunas de las premisas que manejó el cineasta romano y pedirle que las aplicara a otros marcos narrativos donde puedan aflorar aventureros nómadas, solitarios y algo despiadados, como los entresijos mafiosos del género negro o esos mundos de espada y brujería que a ella tanto le gustan. En el caso que nos ocupa: tres tipos extremadamente peligrosos, con una historia común y que se odian a muerte; cada uno de ellos en posesión de un fragmento de información inútil por sí mismo pero que, en conjunción con los demás, podría llevar a un formidable tesoro escondido... Podría haber funcionado perfectamente en los escenarios de Dragones & Mazmorras (Dragonlance, Reinos Olvidados...), en la Era Hiboria de Conan el Bárbaro o similares. No obstante, la ambientación en esta Norteamérica salvaje resulta la más apropiada: tan sucia, desértica y polvorienta (y tan relativamente barata de representar) ilustra por sí sola la ruindad y la hostilidad de este mundo cruel, así como la madera de quienes lo recorren. Una Norteamérica simulada ya que, dicho sea de paso, se rodó en Almería.

Cartel de la película.

Volviendo a mi anecdotario y dejando de lado a mi sorpresiva alter ego femenina: cuando por fin me decidí a verla me encontré con que eran las dos o las tres de la madrugada y estaba tumbado en la cama con un auténtico bellezón... Hablo, por supuesto, de mi reproductor de DVD portátil, al que quiero más que a algunas personas que conozco. En aquel entonces el comienzo me resultó algo pesado, pero no tardé en engancharme a la historia en cuanto empecé a conocer a sus personajes. Lamentablemente, es muy difícil ver un film tan largo a esas horas y, mucho menos, estando tumbado: a mitad del metraje tuve que empezar a luchar contra el sueño y, al final, acabó ganando la biología. Sin embargo, lo primero que hice al despertarme fue continuar donde la terminé.

Lo chulesco de los protagonistas, con sus frases lapidarias, así como el gran manejo de la tensión, la magistral elección de planos y la composición de los mismos, la pátina de épica que aporta (o realza) la inolvidable banda sonora de Ennio Morricone...: todo brilla en esta obra maestra, cargada de momentos y diálogos inolvidables. Prefiero no revelar nada más sobre la trama, aunque esta sea bastante conocida incluso por quienes no la han visto, tal vez gracias en parte a parodias, homenajes y guiños. Sólo quisiera señalar su elegante pero contundente alegato anti-belicista, aprovechando que se ambienta en la Guerra Civil estadounidense. El horror del conflicto armado es capaz de asquear incluso a criminales consumados como nuestros antihéroes: sólo Setencia, el 'Malo', se aprovecha y vive a su costa. 

El 'Malo', haciendo honor a su rol.

Según el título, Clint Eastwood encarna al 'Bueno', que solamente lo es de nombre porque realmente muy benigno no es, precisamente. Lo cierto es que no hace más que repetir ese Hombre Sin Nombre al que ya diera vida en las dos anteriores de Leone; no en vano, junto con ésta, se las considera la Trilogía del Dólar, aunque se puedan ver de manera independiente. (A propósito: Eastwood ha resultado ser, como todo el mundo sabe a estas alturas, todavía mejor director que actor; y en su cine, a veces, se nota la influencia del romano.) En cambio, el rol de Lee Van Cleef no podía ser más distinto al que desempeñara en el anterior capítulo del tríptico... Pero, a pesar de ello, y como no podía ser menos, con sus gestos, maneras y miradas la clava como Sentencia: incluso cuando los otros dos son pistoleros hábiles, bandidos implacables y capaces de acciones muy reprobables, éste les supera con creces en impiedad y resulta tanto aterrador como funesto en la comparación. 

Eastwood y Van Cleef están inmensos; especialmente el último, que parece haber nacido para el papel. Pero quien realmente sobresale no podía ser otro que el 'Feo': tremendamente cómico, incluso ocasionalmente patético, sin perder por ello la dignidad ni menoscabando su evidente peligrosidad; despreciable, mentiroso y guarro, pero de algún modo también entrañable y rebosante de carisma. Incluso cierto matiz trágico: esa escena que comparte con su hermano, dándole más relieve, más humanidad. Dicen que Leone quedó engatusado con él durante el rodaje, dándole más cancha y convirtiéndolo en el auténtico protagonista cuando, originalmente, iba a ser un secundario al lado del estelar Clint. Después de ver las entregas previas de la pseudo-trilogía, uno se da cuenta de que, precisamente, eran Wallach y su Tuco lo que faltaba, lo que se echa de menos, en las otras (especialmente en La Muerte tenía un Precio (1966), que sin dejar de ser bastante buena es la más endeble del conjunto). He oído por ahí que Gian Maria Volonte, tras aparecen en las otras dos, iba a repetir en ésta dando vida a Tuco pero que, por un motivo u otro, no pudo ser. Cosa del destino, supongo: hoy en día, es inimaginable que las cosas hubieran acabo saliendo de otra manera.

Don Altobello y Connie Corleone: tanta maldad en una sola estancia...

Algún tiempo después de aquella sesión en dos partes, volví a revisar El Padrino: Parte III (1991); cinta que, sin ser tan magnífica como sus predecesoras, sigue estando por encima de la media por más que la crítica se empeñe en atentar contra ella. Y me sorprendí enormemente y de manera grata cuando descubrí en ella al intérprete que nos atañe hoy: siempre había estado delante de mí y yo no me había dado cuenta, con ese abuelete hampón tan dulce, tan adorable, tan mortífero y bastardo.

Los gustos son siempre subjetivos, pero El Bueno, El Feo & El Malo se merece en todos los casos, como mínimo, una oportunidad. No queda más que decir, salvo que aquí yace Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez: ladrón, asesino, tramposo, polígamo, blasfemo, pistolero, mal hermano, peor hijo, enemigo de sus enemigos, héroe ocasional a su pesar e inmejorable personaje de ficción. Vivirás eternamente en nuestros corazones y en nuestras filmotecas.

24 de junio de 2014

Cine + Teatro: 'La Gata sobre el Tejado de Zinc (Caliente)'.

Leer La Gata sobre el Tejado de Zinc me ha supuesto el equivalente emocional de arrancarme un grano de los gordos delante del espejo: los sentimientos entremezclados de vulnerabilidad, dolor, alivio y placer se han dado en una proporción y en una sucesión muy similares aunque, como cabría esperar, a niveles muy distintos. Y es un símil muy apropiado ya que, en cierta manera, eso es lo que hacen los personajes que vamos a comentar: sacarse la ponzoña de dentro del modo más violento, auto-dañino, expresivo y satisfactorio.

Siempre he defendido que las piezas teatrales se disfrutan más viéndolas representadas que leyéndolas; a fin de cuentas, tal es su objetivo. O, al menos, lo es en la mayoría de los casos: de todo habrá y de todo hay en los valles del Señor... Del Señor Joe Pesci, se sobreentiende: tomando el ejemplo de George Carlin, es la única entidad a la que le rezo. Pero, volviendo al tema: la cuestión es que, a pesar no haber tenido el placer de verla escenificada en vivo, sí que he gozado en alguna que otra ocasión con la adaptación fílmica protagonizada por Paul Newman y Elizabeth Taylor (y estrenada en España entre 1959 y 1960, para más señas), bastante célebre de una manera muy merecida. Me esperaba ciertas divergencias pero, aun así, mi sorpresa ha sobrepasado con creces todas mis expectativas.

La carátula del DVD.

Amables lectores sin consanguinidad conmigo, si es que existís: si alguno de Ustedes adquiriese el librito de marras, vería que en la portada aparece el nombre de Tennesse Williams. Sin embargo, sería más justo aclarar que fue un trabajo en conjunto, ya que las distintas versiones que existen del texto son diferentes combinaciones sobre el manuscrito primigenio de este autor de las ideas y sugerencias de Elia Kazan. Siendo sincero, este reconocimiento me duele en el alma ya que, en la redacción de estas líneas, he descubierto que fue un delator durante la Caza de Bruja maccarthista. A uno le entran ganas de volver a ver Buenas Noches & Buena Suerte, esa peliculilla de 2006 con la que George Clooney demostró ser todavía mejor director que actor y que viene a colación del tema. Pero bueno, perdono a Kazan por llevar a la gran pantalla Un Tranvía llamado Deseo, también basada en una obra de Williams. Además, no creo que le afectara mi ira en lo más mínimo, y mucho menos donde está ahora mismo.

Espero que sepan disculparme si divago en demasía, pero escribir sobre Williams, o sobre Kazan, invita a tratar muchos otros temas. El más apetecible, claro está, es el del buen cine; y más ahora que hemos sacado a colación esa otra maravilla del Hollywood de los cincuenta, con Marlon Brando y Vivien Leigh más guapos y espléndidos que nunca. Sin embargo, ése me lo reservo para otra ocasión; centrémonos en ésta en La Gata.

El Señor Williams.

El personaje al que alude el título es Margaret, o Maggie, una hermosísima y atractiva mujer casada con un adinerado ex-deportista en declive físico, entregado a la bebida; ambos se encuentran inmersos en una gravísima crisis matrimonial, con su correspondiente sequía sexual. Para más inri, están en el cumpleaños y en la casa de su suegro, el de Maggie: un hogar lleno a rebosar de hipocresía, de insinceridad y de una falta de amor dolorosa. El abuelete en cuestión es un ricachón temperamental, orgulloso, autoritario y mujeriego, que no oculta el desprecio lacerante que siente por casi todos los miembros de su familia y que se está muriendo de cáncer sin saberlo. En definitiva: el caldo de cultivo propicio para que el cúmulo de mentiras y sentimientos reprimidos acabe por explotar y salpicar a todos como una burbuja de aceite hirviendo.

De todas las variaciones que existen de La Gata, la que un servidor ha tenido oportunidad de disfrutar es la definitiva en palabras del propio Williams. A pesar de ello, encuentro que el largometraje es bastante superior: tanto la trama como los diálogos que la componen están desarrolladas de manera más fluida y ordenada: diálogos magistrales, espléndidos, sobre la vida y la muerte, sobre el amor y su ausencia, sobre el odio, sobre la descendencia y el legado, sobre el deseo. Opta por colocar cada parlamento en su lugar apropiado, tanto en el tiempo como en el espacio; y es que, mientras que en el original todo sucede en la misma habitación a un tiempo real, la cinta de Richard Brooks se permite explorar el caserón al hacer que sus personajillos lo recorran. Especialmente memorable me parece esa conversación en el sótano, de la que no revelaré detalles. Esta puesta en escena tan divergente elimina cierta tensión claustrofóbica, pero se obtiene a cambio una mayor expresividad escénica, así como la posibilidad de ilustrar acontecimientos que antes sólo eran sugeridos. El producto cinematográfico también gana en Gooper, el otro hijo del moribundo, que adquiere una tridimensionalidad inédita en el papel.

Cartel.

Sin embargo, la clave de esta historia reside en su emotividad, y ésta es mucho más sincera e intensa en el original. Las expresiones malsonantes y las alusiones al sexo, incluyendo la posible homosexualidad de Brick o de su antaño mejor amigo, el constantemente mencionado Skipper, son mucho más explícitas: a eso se suma el hecho de que Maggie y este último realmente follaron, o lo intentaron, sin recovecos. El filme más elegante en sus maneras, pero queda demasiado descafeinado en la comparación: sólo evita la derrota gracias a la buena dirección de Richard Brooks y a ese reparto tan difícil de superar. Uno se estremece sólo de pensar en lo que habría supuesto un acercamiento más fidedigno a la visión de Williams por parte de este mismo elenco. Lo cierto es que da pie a reflexionar sobre lo avanzado del teatro en tanto que el séptimo arte de la misma época todavía seguía constreñido por la censura. O sobre las necesidades a la hora de adaptar de un medio a otro.

Con todo esto no pretendo desmitificar al que es, en justicia, una de las películas más citadas; por el contrario, desde estas líneas, quisiera recomendárselo a todos los que hayan tenido la paciencia suficiente para seguirme hasta aquí. Pero quisiera que lo abordaran siendo conscientes de los aspectos aquí anotados. La belleza de La Gata sobre el Tejado de Zinc, en todas sus formas, es la belleza de la emoción humana, algo a lo que resulta permeable incluso el alma más cínica; y si bien la producción no termina de recoger el impacto ni la fuerza que debiera, filtra bastante para justificar sobradamente su posición en la Historia del cine. Únicamente deseaba trasladar mis elogios a una lectura que ha conseguido conquistarme de pleno, aun teniendo semejante homónimo con el que medirse.

20 de junio de 2014

Cine: 'La Dama Boba'.


La Dama Boba (Manuel Iborra, 2006) es uno de los tantísimos descubrimientos que le debo a la Biblioteca Pública de mi localidad. Aunque es bastante reciente, se basa en un texto escrito por Don Lope de Vega (1562-1635) en el año 1613 de nuestro Señor, algo que es de suma importancia a la hora de valorarla y, todavía más, de disfrutarla.


El filme comienza en casa de una tal Señora Octavia, que vive en compañía de sus dos hijas. La primera de ellas, Nise, que despierta vivas pasiones entre el sexo masculino, es una señorita culta e inteligente, que incluso llega a ser calificada de pedante por su progenitora y a la que veremos habitualmente con libros entre las manos. Por contra, su hermana Finea es su reflejo contrario, siendo la muchacha en exceso inocentona, estúpida, testaruda y analfabeta a la que alude el título.

Entre los pretendientes de ambas, Laurencio y Liseo, se establece otro juego de espejos similar al que las define a ellas. El uno es bastante viril y tremendamente atractivo en su sinvergüencería, en tanto que el refinamiento del otro alcanza un estatus de amaneramiento ridículo. Esta contraposición se hace notar en los duelos, donde el último resulta un auténtico inútil; Octavia misma llega a mostrar más dignidad con la espada en mano. Laurencio, pobretón y perseguido, comienza a cortejar a Nise, pero decide trocar el objetivo de sus atenciones románticas por Finea con motivo de la mayor dote que recibiría de ella. Liseo realiza el camino inverso: entra en casa de Octavia como prometido oficial de la boba, pero ésta le repele con sus boberías al tiempo que empieza a sentirse embelesado por la otra, que casa mejor con sus finuras y gustos.

El primer encuentro entre los dos deriva en conflicto al creerse enfrentados por una causa y una mujer en común. El malentendido se resuelve cuando descubren sus verdaderas intenciones, pasando de ser fieros enemigos a compartir risas y confabulaciones. Sin embargo, esta alianza es débil, dada la naturaleza voluble, mezquina y traicionera que comparten. Además, deberán afrontar un doble escollo en Nise y Octavia. La última sólo quiere salvaguardar el honor de su familia y la palabra dada; la primera todavía sigue perdidamente enamorada de Laurencio, por lo que no dudará en exigirle a Finea que lo abandone, así como en desdeñar los ofrecimientos de Liseo. Los torpísimos intentos de la boba por desenamorarse de quien por fin había conseguido seducirla sólo empeoran la situación y provocan renovadas iras en su hermana y en su madre.

Póster de la película.

El amorío entre Finea y Laurencio tiene su reflejo caricaturesco en el que viven a la vez sus respectivos criados, una Clara tan tonta como su ama y un Pedro todavía más pobretón y hambriento que su señor, con el que comparte su carácter interesado. “Amé porque tú amabas y olvidaré porque tú olvidas”, llega a expresar la lacaya. Este uso por parte de los sirvientes era muy habitual en las comedias de Lope; sin embargo, en este caso en concreto, al ser los romances de los señores ya de por sí bastante exagerados, tampoco tiene la importancia de otras obras suyas.

En los anteriores párrafos se han descrito algunos ejemplos del dualismo que se repite constantemente en el largometraje. Dualismos donde se juega a menudo con los opuestos y que giran sobre sí mismos, tornando las situaciones en los peores momentos. En otros casos, parece responder a una simple necesidad teatral de dotar de réplica a cada personaje. Así pues, Octavia decide sobre sus hijas en compañía de su amiga Gerarda a la vez que Laurencio y Pedro cuentan con dos aliados en el Poeta Duardo, intelectualmente afín a Nise, y en su amigo Feniso; ambos jugarán un papel sorprendente, aunque anecdótico, en el desenlace. Incluso son dos los instructores que se dejan ver en la cinta: el de letras y el de danzas, en sendos y divertidos cameos de Antonio Resines y Paco León

Lope en 'persona' (es un decir).

El propio Lope era un hombre dual, en tanto que era profundamente religioso y un mujeriego empedernido a un mismo tiempo, hasta el punto de que llegó a ser ordenado sacerdote sin dejar de lado sus escarceos. Llegó a tener esposas, amantes e hijos, tanto legítimos como ilegítimos, en gran cantidad. De hecho, escribió La Dama Boba para una de sus amantes, la actriz Jerónima de Burgos, que dio vida a Nise. Así pues, es más que posible que en el libreto, producido en su momento de mayor madurez creativa, refleje su concepción del amor: un amor ligado indisolublemente a los celos, que son motor fundamental de la trama, con todos sus giros. El amor de Lope también es dual como él mismo: se entiende en términos carnales pero, también, como experiencia espiritual. De hecho, uno de los ejes centrales de la narración es la virtuosa metamorfosis que vive Finea en carnes propias a consecuencia de ello, cual Patito Feo, aunque ella asegure inicialmente ser la misma de siempre.

Este último punto enlaza con otra de las cuestiones a tratar: la determinación por parte de las dos protagonistas a decidir sobre su propio destino, especialmente aguda en la Finea transformada. Por lo menos, en cuanto al apartado amoroso se refiere, aunque de este derive luego todo el porvenir que puedan tener luego. Hubiera sido un acierto, por lo tanto, que Octavia y Gerarda siguieran siendo varones como en el original (Octavio y Miseno), dado que ellos representan una voluntad y un punto de vista tradicionales, paternales y, por tanto, machistas, que son los que las dos hermanas transgreden. Sin embargo, a pesar de ello, ni Octavio/a ni Gerarda/Miseno son autoritarias, si no que ambas llegan a mostrarse comprensivas pese a sus creencias. Esto se deja notar en un desenlace que por no traicionar el espíritu jocoso del resto, resulta un tanto descafeinado.

Hablamos, por tanto, de una obra muy adelantada a su tiempo, que alaba el valor y la inteligencia de las mujeres y su derecho a escoger en el amor en igualdad de condiciones a los hombres. Ya en las aficiones doctas de Nise se intuye un elogio al atractivo de la mujer no en su sumisión al hombre si no, precisamente al contrario, en su equidad con él; algo que habla mucho y muy bien de Lope como amante. Sin embargo, no deja de ser un 'feminismo' muy primitivo, que en absoluto pretendió mutar el débil rol de la mujer en aquella sociedad si no que sirvió, incluso, para confirmarlo. También se encuentra encorsetado por las necesidades y premisas de la historia: a fin de cuentas, no dejan de ser seducidas por dos sujetos de ética reprobable, que las traicionan constantemente y que difícilmente las quieren de manera completa o sincera. En cierto modo, cuando Finea renace, lo hace como reflejo de un Laurencio en quien imita en argucias; de ahí, seguramente, cierta mirada como de reconocimiento por parte del varón en el momento en el que ella decide fingirse nuevamente mentecata.


Coronado y Abascal como Laurencio y Finea.

Ciñéndonos a esta representación moderna, destacan Robertos San Martín y José Coronado, que lo bordan como como los dos galantes. Particularmente este último, de quien no me esperaba (la verdad sea dicha) tanta eficiencia. Ayudan mucho sus pintas a lo Jack Sparrow (el de la saga Piratas del Caribe, sí); y es que otros de los aspectos a elogiar, más allá del trabajo actoral, es la impresionante labor de vestuario y localizaciones. Es digno de comentar que cuando Liseo consigue 'rematar la faena' con Nise imite los ropajes de su rival, sólo que con un tono de luto ante la tragedia amenazada por Octavia si persistía en su empeño.

No sólo los mencionados: en general, las actuaciones están bastante bien trabajadas, más allá de ciertas afectaciones que no hubieran sido inadecuadas en un auténtico escenario teatral pero que restan credibilidad a quienes caen en ellas en este medio. En esa afectación cae ocasionalmente una Macarena Gómez que, por lo demás, resulta idónea como Nise; y es que la cordobesa es capaz de despertar mucho morbo aun sin ser realmente una beldad según los cánones frecuentes. Y siempre es un placer ver a Verónica Forqué, que transmite a la perfección la crispada frustración que siente su Octavia en no pocos momentos. Es su marido quien dirige la producción, dicho sea de paso. Sin embargo, por encima de los demás destaca una espléndida Silvia Abascal, que resulta adorable en extremo como Boba y que va ganando en elegancia y, sobretodo, en belleza conforme transcurre la historia y gana en inteligencia. 

La susodicha Señorita Gómez...


Nunca me ha gustado la expresión 'de época'; siempre hace que me pregunte: “¿de qué época concreta?” Pero creo que todos nos entendemos en su uso. Y resulta muy valiente haberse atrevido (sin la popularidad de un Don Arturo Pérez-Reverte) a un film español de este calificativo. Más todavía respetando el lenguaje del manuscrito en el que se asienta, de una gran belleza en base a su gran musicalidad, pero ciertamente inaccesible: los más duros de mollera (como un servidor, sin ir más lejos) deberán de verla más de una vez para captar muchos de los matices. Duele pensar que estas rimas estaban dirigidas a las clases más bajas: en un pasaje omitido en el metraje, Lope critica la poesía ocultista practicada por otros artistas.

Es evidente que los gustos y el sentido del humor han evolucionado mucho en estos últimos cuatro siglos, y que mucho de lo que en su momento debió de ser hilarante hoy día únicamente nos provoca una sonrisa. Sin embargo, con esa sonrisa basta para gozar con una historia sin pretensiones pero ágil e inteligente; con la belleza de sus parlamentos que elevan el placer sensorial del visionado; con esa recreación tan fantástica y meritoria del Siglo de Oro español. No voy a mentir: la película no pasa de entretenida, pero hay entretenimientos y entretenimientos; puestos a elegir, este es uno más que digno.

(Además, a ver si así aprendéis a ligar como Dios manda, leñe... ¿Dónde quedaron frases tan bonitas como eso de que "el amor, con amor se paga"?)

P.D.: No he incluido más imágenes de las películas por no encontrarlas con la calidad que consideraba adecuada; espero que me sepan disculpar.

15 de junio de 2014

Cómic: 'El Cazador de Rayos'.


He aquí un tebeo que les recomiendo a todos los que quieran disfrutar de una buena historia, pero muy especialmente a quienes les guste el estilo manga y, todavía más particularmente, a quienes, por el contrario, no les guste el manga y crean que, de hecho, nunca podrá gustarles.

En el cómic, como en muchas otras áreas, tendemos a menospreciar o a desconocer mucho del producto nacional; a veces para, a cambio, ensalzar lo extranjero. Tanto es así que muchos artistas españoles han de publicar primero en el potente mercado franco-belga (capitaneado por los famosísimos Tintín y Astérix). Tal es el caso de Kenny Ruíz, un artista valenciano, formado en Granada y en Barcelona, que ha llegado a trabajar para el mismísimo Imperio Disney. Aunque contó en su realización con la ayuda de otros grandes talentos, podría decirse que El Cazador de Rayos es una de sus primeras obras como autor completo y, desde luego, es la que mejor le ha servido para catapultar su carrera en estos de las historietas. Fue publicada originalmente entre 2003 y 2007, y recogida posteriormente en un tomo unitario, editado aquí en 2008 por Dolmen Editorial.

Muestra del arte del Señor Ruíz.

La trama, ideada y articulada con muchísima inteligencia, se ambienta en un futuro desolado donde el ser humano por fin ha destrozado el planeta, vive en las ruinas de su antigua civilización y casi ha regresado a un estado salvaje. Del cielo cae una lluvia eterna y nubes negras ocultan permanentemente la luz solar. Lo único que proporciona esperanzas a la población es la fe en un salvador que les promete una supuesta profecía y que, en efecto, será al que alude el título y quien protagonizará nuestra historia. Lamentablemente, tal como ocurre en nuestro presente, son los mismos sentimientos que utilizan y manipulan los poderosos para mantener el control de las masas. El viaje del Cazador no sólo será literal si no, también, psicológico y emocional, a medida que vaya descubriendo los misterios de sus propios orígenes o el auténtico significado de la aventura que acomete. En última instancia, deberá luchar por recuperar la fe, no ya en ningún dios, sea en mayúscula o en minúscula, sino en la humanidad y en sí mismo.

Aunque el argumento es, en apariencia, sencillo, no hace falta escarbar en demasía para percatarse de una multiplicidad casi caleidoscópica de matices. Da pie a interesantes reflexiones en torno a la esperanza, la fe, la ausencia de fe y el miedo: conceptos aquí bien diferenciados pero muy interrelacionados y que conducen a otros como la verdad, el poder, la autoridad, la felicidad y la ciencia. En este apartado destaca la astucia con la que Ruíz juega con las connotaciones de los nombres bíblicos y mitológicos que les coloca a la mayoría de los secundarios y antagonistas. Estos constituyen un plantel tan variado como carismático, si bien algunos de ellos tienen muy poquito tiempo para lucirse.

Ilustración de una de las portadas.

En el aspecto gráfico hablamos de un trazo fluido, dinámico y expresivo, con un uso del color muy acertado. Las reconocidas y mencionadas influencias del cómic manga son muy claras y funciona muy bien en las escenas de acción, que transmite muchísima energía; ya sean tiroteos, persecuciones, encerronas o algunos de esos duelos de espadas que tanto le gustan y que tan bien se le dan a este autor. Pero también en las secuencias emotivas, como las que comparte el Cazador con su hija o el dulce romance que se narra en flashbacks, entre otras. El nivel de detalle por viñeta es apabullante, y tanto la atmósfera como la estética, sin dejar de ser deudores de varias influencias, resultan muy originales y están muy conseguidas. 

Descubrí este título gracias a los Hermanos Macías, grandes creadores y divulgadores del noveno arte. Al ver esa portada, con ese tipo pelo-pincho, espadón en mano y con la cara marcada, y esa mocosa con el violín, creía que me iba a encontrar ante una sarta de desvaríos poco afines a mis gustos. Para mi sorpresa, no sólo disfruté muchísimo, sino que encontré entre sus páginas todo el filón que he comentado: sin duda alguna, toda una lección autocrítica en contra de mis prejuicios. Me sentiré muy contento si con estas palabras consigo animar a alguna que otra persona, por pocas que sean, a abordar lo que considero una lectura más que satisfactoria.

8 de junio de 2014

Cómic: 'Por qué Odio Saturno'.

Por Qué Odio Saturno nació, al igual que un humilde servidor, en 1990, escrito e ilustrado por Kyle Baker y constituyendo uno de los cómics más hilarantes que haya leído nunca. La narradora y protagonista a un mismo tiempo se llama Anne Merkel y es una escritora neoyorquina tan talentosa como irritable, quejica, desastrosa y misántropa. Su vida cómoda pero insatisfactoria experimenta un revulsivo gracias a su hermana Laura, que es justo lo más diametralmente opuesta a ella misma: misteriosa, ordenada, de hábitos sanos, concienciada con el medio ambiente, con confianza en sí misma y tan apasionadamente optimista que entra de lleno, literalmente, en la locura.

Portada de la edición de Planeta.

La obra destaca, sobretodo, en dos aspectos: los personajes y los diálogos. Los primeros, todo ellos, incluyendo los más secundarios, son divertidos y entrañables; aun los que también son mezquinos o ruines de un modo u otro... que son la mayoría. En cuanto a los segundos, son simple y deliciosamente geniales: ágiles, ingeniosos, incisivos y jocosos. Muchos no tienen más razón de ser que la de exponer la demencia de nuestra realidad al tiempo que crean atmósfera y definen personalidades: una labor de por sí importantísima que, además, ayudará a la transformación personal que acabará acometiendo Anne. En este apartado destaca el rol de Ricki, su mejor amigo y, a mi parecer, un trasunto del propio autor: básicamente está ahí para servirle de interlocutor, aunque acabará acaparando parte del interés que despierta la trama.

Tan ácidos e inteligentes como los mencionados coloquios son las amargas reflexiones que se construyen a través de ellos sobre la sociedad, el sexo, las relaciones sentimentales o la humanidad en general. Esta visión del mundo (muy cercana a la que servidor comparte con mucho colegas en calidad de bohemios de barra de bar o de admiradores confesos de George Carlin) resulta muy cínica y desencantada, pero también muy divertida, aunque sea de una manera asquerosamente frívola. Un mundo tan absurdo que a veces no podemos evitar sentirnos ajenos a ello, prácticamente como alienígenas. Concretamente, alienígenas de Saturno. Precisamente Laura, a través de la locura, consigue escapar del caos y del sinsentido de nuestro planeta marchándose a otro. Irónicamente, tal vez sea lo más cuerdo en un orbe tan loco.

Sin embargo, no quiero transmitir una idea equivocada, y he de añadir que el humor y la mala leche que impregnan a partes iguales esta lectura no se encuentran restringidos únicamente a los diálogos, si no que dominan el argumento y son extensibles incluso a los hilarantes extras de las páginas finales. La historia se mantiene fiel en todo momento, si bien experimenta un giro bastante brusco cerca de su desenlace que, de todas maneras, encaja perfectamente con su tono e intencionalidad.

La contraportada de la edición de Norma.


Por todos los aspectos comentados anteriormente, amén de por la intelectualidad de los protagonistas y de la ambientación en Nueva York, ha sido muy equiparada al cine de Woody Allen, algo que no me parece en absoluto descabellado. Sin embargo conviene aclarar que, aunque puedan tener en común algunas características, el Señor Baker ofrece un estilo propio y distinto, y que las diferencias se ven todavía más remarcadas por el simple hecho de trabajar en un medio narrativo diferente.

Falta por comentar el apartado gráfico, especialmente ideado para lectores poco habituados a la narrativa del noveno arte; de ahí que la distribución de viñetas por página sea tan simple e intuitiva dentro de su elegancia. Los dibujos están conformados por trazos claros y aparentemente sencillos pero muy expresivos, en un falso blanco y negro que realmente es tricolor. También cabe destacar la disposición de los textos, que no están enmarcados en bocadillos, si no que se encuentran bajo cada viñeta, a la guisa de subtítulos cinematográficos.

El Señor Baker, en todo su esplendor.


El único problema que le encuentro es que es demasiado breve como para seguir comentándolo sin destriparlo, por lo que no puedo añadir nada más, salvo que no dudaría en volver a acudir a esta especie de billete a Saturno, capaz de hacerme volar por un buen rato.

20 de mayo de 2014

Animación: El Batman de Miller.


Frank Miller es uno de los escasos autores del noveno arte conocidos por el público general, aunque sólo sea por las traducciones al séptimo que han protagonizado algunas de sus creaciones, como 300 o Sin City. Lamentablemente, esto me recuerda la infinita y estupidísima hipocresía de aquellos que evitan la lectura de tebeos por considerarlos infantiles o de frikis, pero que disfrutan enormemente con muchas adaptaciones mediáticas de los mismos.

Son muchas, muchísimas, las obras que podríamos destacar de este genio de las viñetas, pero le tengo especial cariño al trabajo que realizó con Batman en los años ochenta. El Hombre Murciélago ya tenía más de cuatro décadas a su espalda, pero pareció nacer por primera vez de la mano de este artista. Tanto es así que su versión del Hombre Murciélago ha influido poderosamente en todas las posteriores; no sólo en la página impresa si no, también, en sus hazañas audiovisuales. Así lo demuestra su impronta en los dos filmes de Tim Burton (el icónico primer Batman y el magistral Batman Vuelve), en la estupenda pero sobrevaloradísima trilogía de Christopher Nolan o en las inmejorables series animadas de Bruce Timm y Paul Dini. Hasta en su futuro cruce cinematográfico con Superman, según nos revelan los avances.

El hombre en cuestión.

No sólo fue trascendental en la trayectoria del personaje, si no, también, en el devenir del medio. Concretamente, El Regreso del Señor de la Noche, junto con el Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, cambió para siempre, de una manera literal, el cómic de súper héroes. También fue el primer tebeo del Murciélago que leyó un servidor, aunque ya entonces lo conocía de sobras gracias al cine y a la televisión. El tomo de Norma Editorial se encontraba (y creo que todavía se encuentra) en la sección infantil de la biblioteca de mi ciudad (sección donde NO debería encontrarse). Aquella primera lectura de esta gran historieta, acometida en mis postreros años de primaria, sigue encontrándose entre las experiencias más placenteras y satisfactorias que puedo recordar.

Años más tarde, dicha colección de novelas gráficas acabarían siendo adaptadas en tres de las DC Universe Animated Original Movies. Obviamente, estas carecen del relumbrón que habría tenido una producción en imagen real como la que estaba gestando el mitificado Darren Aronofsky con el propio Miller. Aun así, la participación de Bryan Cranston, Peter Weller, Eliza Dushku y Katee Sackhoff podría servir para atraer a fetichistas de Breaking Bad (o de Malcom), de la saga Robocop, de Buffy Cazavampiros o de Battlestar Galactica, respectivamente (también hay unos cuantos de mi adorada Boston Legal). En la versión española tenemos, entre otras voces, la de Claudio Serrano, quien ya dobló al encapotado en las cintas de Nolan. 

Batman y Gordon.

Estas películas animadas imitan al detalle lo visto en el papel, incluso en el apartado gráfico; así lo certifican los créditos finales de la primera de ellas, donde se nos muestran algunas de las impresionantes viñetas originales de David Mazzuchelli. Los escasos cambios introducidos son tan necesarios para la traslación de un medio a otro como prácticamente imperceptibles. A pesar de ello, y aun mostrando una gran calidad, el tríptico se encuentra lejos de igualar el nivelazo del material de partida. Para esclarecer el motivo quizás habría que analizar las características propias de dos canales tan distintos como el noveno y el séptimo arte. A propósito del tema: uno de los defectos que comparten ambas versiones radica en el hecho de apoyarse excesivamente en el valor de Batman como icono, o el de héroes invitados como Superman o Flecha Verde (el mismo de la reciente y afamada Arrow), dándose por sentado que lectores y espectadores conocen de antemano el carácter de algunos personajes o la naturaleza de las relaciones entre ellos. 

Como era de suponer, Batman: Año Uno (Sam Liu & Lauren Montgomery, 2011) narra los comienzos del adinerado Bruce Wayne como vigilante enmascarado; pero, tan destacable como él, y casi más interesante, es el Inspector James Gordon. Único policía honesto, o casi, en una ciudad deshonesta, no le gustan las acciones justicieras y hasta criminales del Murciélago, y no dudará en perseguirle. Su dilema estará en que, a la vez, reconocerá que sus métodos tal vez sean los únicos que funcionen en una urbe tan corrupta. En muchos niveles es un auténtico héroe, pero se alude a un pasado turbio y su matrimonio hace aguas. Finalmente acabará sucumbiendo a la pasión que siente por su compañera Sarah Essen, que conecta mucho más con su vida policial, al tiempo que le aleja de una familia que no desea tener en un lugar tan horrible como Gotham City


Las historias de esta dupla protagonista están narradas de forma paralela y se espejan constantemente. Por ejemplo, los dos arriban a la ciudad a un mismo tiempo, aunque por distintos medios; y ambos, en la misma noche, recibirán terribles palizas que les obligarán a acabar de transformarse en lo que deberán de ser cada uno. Realmente, la esencia del relato se encuentra en la alianza inevitable que deberán formar, pero que no se producirá hasta el desenlace.

Entre los secundarios, la más interesante probablemente sea Catwoman, en tanto que otros como el Comisario Loeb o Harvey Dent (el futuro Dos Caras) quizás hubieran requerido un mayor espacio. Sus orígenes como prostituta sadomasoquista se antojan muy transgresores pero, también, increíblemente apropiados. Aunque se esfuerza por mantener una personalidad propia, su identidad felina nace a imitación del enmascarado titular y, a través de ella, se ilustra como la influencia de este provoca el surgimiento de otros disfrazados; tema que se repetirá con Carrie Kelley o con los Hijos de Batman en las siguientes entregas. 

Portada de la primera edición española del cómic.

Si Año Uno es el alfa, El Regreso del Caballero Oscuro: Primera Parte (Jay Oliva, 2012) y Segunda Parte (2013) son el omega, donde un Wayne envejecido y derrotado retoma su manto. Al igual que sus inicios, la vuelta a las andadas del multimillonario están justificadas por su entorno: una orgía de destrucción se ha adueñado de Gotham como nunca antes, lo que es mucho decir, y una nueva generación de felones, más depravados, han surgido de sus calles.

Un héroe, o antihéroe, que regresa en sus últimos días, cuando más se le necesita, luchando contra su propia vejez e incapaz de resistir el ardor en su alma; un héroe de naturaleza violenta, pero de una manera noble. Esta idea se halla muy presente en clásicos de la gran pantalla como Sin Perdón (1992) o El Gran Torino (2009); ambas de Clint Eastwood, precisamente el protagonista que Aranofsky deseaba para su proyecto frustrado. Aquí el Murciélago se presenta, más que como un individuo, como un ideal o como una fuerza arrolladora, muy superior a su envoltorio humano. El justiciero hábil y grácil, aunque relativamente realista, que vimos en su juventud da paso a una mole corpulenta, pesada, rotunda y brutal. Le devuelve el factor mítico a las aventuras de súper héroes, al no eludir el componente de fantasía adolescente intrínseco en ellas. Por el contrario, es asimilado y utilizado para construir una historia tremendamente adulta e inteligente, cargada de emoción y épica.


El resurgir de Batman viene acompañado del de su antiguo enemigo Dos Caras: de hecho, ambos suceden a la par. Y es que, pese a todos los intentos, ninguno de los dos puede dejar de ser quienes son. También afecta al ahora Comisario Gordon, en un rol importante pero inevitablemente menor con respecto al que tuviera en la anterior entrega. Obligado a la jubilación, podrá marcharse como se merece en una última gran aventura con su viejo amigo.

Para completar su retorno, Bruce necesita tanto la ayuda de un nuevo Robin, esta vez femenino, como la victoria sobre los llamados Mutantes. Estos últimos constituyen la banda responsable de la situación que propició su reaparición, por lo que sólo derrotándolos podrá justificarla. Curiosamente, su estética supuso en su época una inesperada profecía de los canis actuales. En cuanto al primer asunto, el entusiasmo de la joven Carrie y la admiración que profesa hacia su mentor la hacen conectar de inmediato con el público. Los instantes en los que su vida peligra llegan a poner la piel de gallina: no sólo por la simpatía que despierta por sí misma si no, también, por el impacto que tendría en su nuevo jefe. Y es que se da a entender desde un principio que el abandono del primer Chico Maravilla (Dick) y la muerte del segundo (Jason) fueron determinantes en su retiro. La presencia de un tercero, o tercera en este caso, sirve para cerrar viejas heridas y completar un ciclo.

Batman y Robin, mejor que nunca.

Una vez cerrados todos estos frentes en la Primera Parte, la Segunda examina sus consecuencias. Nuestro mundo no puede tolerar héroes que nos recuerden lo débiles que somos, y mucho menos aquellos que desafían a las autoridades o que nos puedan servir de ejemplo. Es una sociedad que degenera, no por una corrupción como la de Año Uno, si no por su propia idiosincracia: nada más que hay que ver la relevancia de la morbosidad televisiva. Hay mucho de Nietzsche (o de lo que la gente común entiende por Nietzsche) en todo esto. La ausencia de Gordon supone una vuelta a los orígenes: como en sus primeras andanzas, Bruce volverá a huir de las fuerzas policiales y a confrontarlas, aunque la nueva Comisaria acabe comprendiendo, como su predecesor, que el Caballero Oscuro es “demasiado grande” para ser juzgado. 

El Joker será el detonante que pondrá a Wayne en el punto de mira de entidades superiores a la Policía. En cierto sentido, su función es similar a la de Dos Caras en el capítulo precedente o, por oposición, a la de Gordon: existe un juego de espejos como el que ya tuviera el Caballero Oscuro con los dos citados y que, en esta ocasión, se llega a subrayar visualmente. Batman es un defensor del orden, que impone por la fuerza: al fin y al cabo, no duda en romper la ley o en agredir a los culpables para ejecutar su propia justicia, hasta el extremo de llegar a hacer uso de todo un pequeño ejército en un determinado momento. El Joker, en cambio, es puro caos, en oposición a ese orden o a cualquier otro. En un juego morboso e irónico, el sádico y consumado criminal se ha definido a sí mismo en función de la relación con su adversario. Consecuentemente, no es casual que el enfrentamiento final, cargado de brutalidad y tensión, tenga lugar en un Túnel del Amor, ni que se encontrara en letargo hasta poco antes. Cabe destacar que el tono homosexual es premeditado: ya se adelantaba con la presencia de la tal Bruno, tan genial como anecdótica. 


Las connotaciones represivas apuntadas en el párrafo anterior son extensibles a todos los súper héroes habidos y por haber, pero se les perdona por la necesaria argumentación que suelen recibir y, sobretodo, por su señalada condición fantástica. En este caso, se oponen desde la ficción a una represión que sí es muy auténtica y muy dañina: la del propio Estado y su supuesta democracia. No en vano la Guerra Fría es usada en el argumento, junto con una caricatura tan maliciosa como certera de Ronald Reagan. Batman luchará contra un Superman del lado de la Casa Blanca, pero da la impresión, tal y como expresa el propio Bruce con antelación, de que no hay muchas diferencias en la violencia ejercida por uno u otro. Sólo una: que el Hombre de Acero ha cedido su poder al enemigo; ya no es libre y, por tanto, se antoja castrado e indigno, lejos de su antigua gloria. Ambas figuras han sido polos opuestos desde que inauguraran el ¿género? en los años treinta, con lo que la pelea está cargada de una metalingüística que se expande a otros aspectos: se alude metafóricamente a la situación verídica de crisis y censura que sufrió la industria del comic-book estadounidense en los cincuenta. 

Otras producciones animadas de este calibre tienden a ser pasatiempos sólo aptos para los más aficionados; afortunadamente, este no es el caso. Por el contrario, los tres títulos comentados configuran un entretenimiento más que digno y meritorio, apoyándose para ello en los guiones de Miller. Son tan formidables que sobresalen hasta las breves pero significativas últimas apariciones de Essen o de Catwoman (por último también envejecidas) resultan excepcionales, por no hablar de las aportaciones del mayordomo Alfred. Evidentemente, también cuentan otros elementos, como la efectividad de la banda sonora o de la animación; pero, de cualquiera manera, la clave sigue estando en la crítica social subyacente, en la imposibilidad humana de reprimir las pequeñas obsesiones que dan significado a nuestra existencia y en unos héroes más grandes que la vida. Unos héroes que, en cierto modo, nunca mueren.

10 de mayo de 2014

Cómic: 'Ironwood'.


Antes que nada, quiero dejar clara una cosa, y hacerlo desde un principio:

"Eros Comix". Lo dice todo.

Ironwood es un cómic porno. No erótico, no, sino directamente porno, con todas las puñeteras letras.

Y no, no voy a poner aquí ninguna de las ilustraciones más picantonas, no me las vaya a censurar el Blogger este de las narices. Aunque, sinceramente, ganas no me faltan y, buscando las que he finalmente he colocado entre estas líneas, me he encontrado con muchas que me hubiera encantado colocar.

Normalmente no me atrevería a comentar una obra de semejante cariz, aunque sólo fuera por ahorrarme comentarios réprobos, miradas escandalizadas (parece mentira que estemos en el Siglo XXI) o, peor todavía, guasas malintencionadas. Sin embargo, existen varias razones que me impulsan a ello. La principal, aunque no la única, es que me divertí bastante con su lectura. Además, ha resultado ser de los pocos tebeos de fantasía épica con los que me he leído y que me han gustado veras. 

Ejemplo de una de las páginas interiores.

Está escrito e ilustrado en blanco y negro por Brian Willingham y se interrelaciona con otros títulos suyos que, desafortunadamente, se encuentran inéditos en nuestro país. El presente sí que vería la luz en España; primeramente, por entregas, entre 1991 y 1995 en la famosa, ¡y española!, Kiss Comix. Posteriormente, le seguiría un tomo recopilatorio en 2005.

A lo largo de sus páginas, muchos lectores sabrán reconocer referencias a las mitologías clásicas o a las películas de Ray Harryhausen. En este mundo de espada y brujerías vivirá Dave Dragavon, un sinvergüenza tan encantador como misterioso. Siempre se está metiendo en problemas graves pro culpa de su estupidez y de su libido, por lo que su aparente inmortalidad le viene de perlas. Al comienzo de la trama será contratado por la hermosa capitana de un barco volador, a fin de encontrar a un prestigioso mago. Sus motivos se irán revelando conforme avance el argumento, así como los del poderoso antagonista dispuesto a sabotear su viaje.

Otro ejemplo.

Es una historieta muy sencilla, pero no por ello menos entretenida; de hecho, el autor se las apaña para introducir algún que otro quiebro bastante sorpresivo. Resulta irónico que, precisamente, la naturaleza del producto juegue en su contra en este aspecto, ya que las escenas gratuitas de sexo explícito no sólo parecen encajadas con calzador y tienden a interrumpir la narración, cargándose el ritmo. Claro que este defecto quizás no era tal en su publicación episódica original. Además, lo cierto es que estos interludios son partícipes del gran sentido del humor que impregna todos los demás aspectos y exploran, tanto visual como conceptualmente, las imaginativas posibilidades que plantea su escenario fantásticos. Lamentablemente, todo su posible efecto estimulante pierde algo de efecto si se tiene en cuenta que no estamos contemplando más que garabatos sobre papel realizados por un señor obeso y no muy agraciado. Eso sí, muy bien hechos: no se le puede negar que su pericia a los lápices es igualada por su ingenio en los guiones, haciendo notar en ambas facetas una calidad creciente conforme avanzamos la lectura.

Como era de esperar, todas sus féminas son sexualmente insaciables y lucen físicos envidiables o directamente imposibles. Pero, por lo menos, son en su mayoría personajes fuertes, con carácter y determinación. En el peor de los casos, como mínimo, son divertidas y simpáticas. De todas maneras, el todo momento se subraya lo irreal y lo fantasioso de la acción: la propia ambientación, la habitual ruptura de la cuarta pared o muchos de los chistes inciden en ello. Uno de los principales motivos de quejas contra esta clase de productos reside en que muchos jóvenes lo toman como referencias a seguir para sus propias relaciones... Lo cual es tan estúpido como confundir el espionaje real con lo que vemos en los filmes de James Bond, dicho sea de paso. En este caso, como se comenta, este peligro está atenuado.

El Señor Willingham, cortándote el rollo.

En definitiva (lo que quiere decir que no se me ocurre nada más que añadir), Ironwood es muy cachonda y muy fresca, en todos los sentidos de ambas palabras, y está francamente bien para echar un muy buen rato. Si les molesta o les incomoda su carácter sexual, pueden acudir a otros trabajos de Willingham carentes de este factor pero igualmente amenos y creativos. Sin embargo, si carecen de prejuicios (y desearía que así fuera), les recomiendo que le echen un vistazo si tienen oportunidad.